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sábado, 3 de mayo de 2014

El juego del escondite

Sentí el sudor frió recorrer mi frente y bajar por mi cara pero no me molesté en limpiarlo ¿Qué más daba ya? Mire mi reflejo en el espejo y no me gustaba lo que veía, una imagen distorsionada de lo que un día pude ser yo mismo, estaba destrozado, las ojeras hacían que mis ojos parecieran diminutos y era una sensación muy desagradable. Agaché la cabeza intentando huir de aquella imagen, pero el agua que había en el lavabo me la volvía a recordar, levanté la mano y di un manotazo al agua pegando un grito y haciendo que mi imagen si distorsionara mientras cientos de gotitas salían despedidas en todas las direcciones sin hacer que me sintiera mejor.

Me abracé el estomago y, girando sobre mi mismo mientras me agachaba dándole la espalda al lavabo, me acurruqué  apretando la mandíbula y cerrando los ojos con fuerza antes de empezar a llorar. No quería hacerlo pero era superior a mis fuerzas, las lagrimas salían sin remedio por mis ojos a pesar de estar cerrados con fuerza, no podía escuchar nada más que mi respiración y el sonido de una gota de agua caer una y otra vez por el grifo, intenté concentrarme en aquel sonido para que todo cesara, deseando fundirme con él y desaparecer, pero no podía, el vacío que sentía por dentro era demasiado grande y no podía llenarse.

Respiré profundamente e intente calmarme, pero solo conseguí ponerme más nervioso y el llanto fue en aumento, no era un llanto ruidoso, todo lo contrario, solo se escuchaban pequeños gemidos ahogados por la hiperventilación y respiración entrecortada, pero en mi interior sonaba como la tormenta más atronadora. La angustia se aferró a mí y no quiso soltarme.

Al fin abrí los ojos y me incorporé sin dejar de ahogarme por la angustia, el cuarto de baño de mi casa jamás me pareció más pequeño. Miles de imágenes me vinieron a la cabeza, imágenes de recuerdos buenos que hicieron replantearme si alguna vez fui feliz, esperaba un si por respuesta pero sabía que la realidad era un no. Recordé aquella vez que jugué al escondite con mi padre y vine a escónderme a la bañera, el me vio claro, pero en vez de pillarme le dio al grifo e hizo que me mojara. Miré a aquella bañera con una sonrisa a pesar de estar llorando y destrozado.
¿Cómo puede alguien llegar a pensar que su sola existencia molesta a los demás? Qué les repugna que respira, qué estarían mejor sin él, qué molesta haga lo que haga y qué no están a gusto. No lo sé, pero no es una sensación agradable.

Volví a mirarme en el espejo y unas ganas enormes de vomitar me envolvieron acompañadas del sudor frió. Cogí la caja de pastillas, unos somníferos que había encontrado en uno de los cajones, y vi como temblaba en mis manos que normalmente solían tener un pulso perfecto ¿Sería capaz? abrí el paquete nervioso, dándole vueltas, como si quisiese saltar de mis manos y yo intentase atraparlo, y al final lo conseguí. Saqué todas las pastillas y las coloqué en mi mano ¿Cuantas había? ¿10, 20, 30, 40? Poco me importaba, me metí un puñado en la boca y bebí agua y tras un par de minutos de llanto sonoro hice exactamente lo mismo con el resto del paquete.

Ya nada tenía sentido... Con paso torpe me fui a la bañera y me acurruqué dentro, deseando ser pequeño y que mi padre le diera al grifo para mojarme y hacerme salir corriendo.
Pero no lo hizo.

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