Sentí el sudor frió recorrer mi frente y bajar por mi cara
pero no me molesté en limpiarlo ¿Qué más daba ya? Mire mi reflejo en el
espejo y no me gustaba lo que veía, una imagen distorsionada de lo que un día
pude ser yo mismo, estaba destrozado, las ojeras hacían que mis ojos parecieran
diminutos y era una sensación muy desagradable. Agaché la cabeza intentando
huir de aquella imagen, pero el agua que había en el lavabo me la volvía a
recordar, levanté la mano y di un manotazo al agua pegando un grito y haciendo que
mi imagen si distorsionara mientras cientos de gotitas salían despedidas en
todas las direcciones sin hacer que me sintiera mejor.
Me abracé el estomago y, girando sobre mi mismo mientras me
agachaba dándole la espalda al lavabo, me acurruqué apretando la mandíbula y cerrando los ojos con
fuerza antes de empezar a llorar. No quería hacerlo pero era superior a mis
fuerzas, las lagrimas salían sin remedio por mis ojos a pesar de estar cerrados
con fuerza, no podía escuchar nada más que mi respiración y el sonido de una
gota de agua caer una y otra vez por el grifo, intenté concentrarme en aquel
sonido para que todo cesara, deseando fundirme con él y desaparecer, pero no
podía, el vacío que sentía por dentro era demasiado grande y no podía llenarse.
Respiré profundamente e intente calmarme, pero solo conseguí
ponerme más nervioso y el llanto fue en aumento, no era un llanto ruidoso, todo
lo contrario, solo se escuchaban pequeños gemidos ahogados por la
hiperventilación y respiración entrecortada, pero en mi interior sonaba como la
tormenta más atronadora. La angustia se aferró a mí y no quiso soltarme.
Al fin abrí los ojos y me incorporé sin dejar de ahogarme
por la angustia, el cuarto de baño de mi casa jamás me pareció más pequeño.
Miles de imágenes me vinieron a la cabeza, imágenes de recuerdos buenos que
hicieron replantearme si alguna vez fui feliz, esperaba un si por respuesta
pero sabía que la realidad era un no. Recordé aquella vez que jugué al escondite
con mi padre y vine a escónderme a la bañera, el me vio claro, pero en vez de
pillarme le dio al grifo e hizo que me mojara. Miré a aquella bañera con una
sonrisa a pesar de estar llorando y destrozado.
¿Cómo puede alguien llegar a pensar que su sola existencia
molesta a los demás? Qué les repugna que respira, qué estarían mejor sin él, qué
molesta haga lo que haga y qué no están a gusto. No lo sé, pero no es una
sensación agradable.
Volví a mirarme en el espejo y unas ganas enormes de vomitar
me envolvieron acompañadas del sudor frió. Cogí la caja de pastillas, unos somníferos que había encontrado en uno de los cajones, y vi como temblaba en mis manos que normalmente solían tener un pulso perfecto ¿Sería capaz? abrí el paquete nervioso, dándole vueltas, como si quisiese saltar de mis manos y yo intentase atraparlo, y al final lo conseguí. Saqué todas las pastillas y las coloqué en mi mano ¿Cuantas había? ¿10, 20, 30, 40? Poco me importaba, me metí un puñado en la boca y bebí agua y tras un par de minutos de llanto sonoro hice exactamente lo mismo con el resto del paquete.
Ya nada tenía sentido... Con paso torpe me fui a la bañera y me acurruqué dentro, deseando ser pequeño y que mi padre le diera al grifo para mojarme y hacerme salir corriendo.
Pero no lo hizo.
Pero no lo hizo.